A Barcelona le ha pasado lo mejor que le podría pasar a cualquier ciudad: Juan José González ha tomado las riendas del Caribbean Club. Juanjo, como es conocido por quien haya probado uno de sus cócteles, es el ideal de barman que te han enseñado en las míticas películas de Hollywood de los años 40. Apuesto como Gregory Peck, educado y elegante como el gentleman que figura en su tarjeta de visita, David Niven, y tan hábil como supongo que sería el legendario Jerry Thomas.
Recuerdo la segunda vez que fui al Bar Milano sin tener muy claro lo que iba a pedir. Juanjo me saludó desde la barra y, con un chasquido de dedos apuntando en mi dirección y mirándome fijamente a los ojos, me dijo: “Whiskey Cooler.” Así, sin preguntar. Sin apenas conocerme a mí o mis preferencias, supo lo que deseaba antes de que yo mismo me diera cuenta. “Haber trabajado en Boadas me enseñó a reconocer al cliente desde que entra por la puerta y a saber ofrecerle el coctel que está esperando.” dice el barman. Desde ese día, le enciendo una vela cada noche.
Lo que posee Juanjo no es una alta cantidad de midiclorianos fluyendo por su sangre, sino algo que existe en todo ser humano: amor. Juanjo se enamoró de la mixología, de los brillos metálicos de los shakers , de los sabores y de la destreza que siempre han manejado los barmans de capillas del buen beber como el Boadas. Fue en el templo pionero de la coctelería de Barcelona donde Juanjo se instaló hace veinte años –después de debutar en el Amarcord a los diecisiete– y empezó a perfeccionar sus técnicas como la del tiro, que recuerda a la tradición de sus paisanos asturianos de escanciar sidra desde altura. Su siguiente paso fue abrir una coctelería más amoldada al espíritu canalla de la muchachada que pulula por la calle Joaquín Costa: El Negroni. Pero la evolución de su talento requería un reto aún mayor y fue la propuesta del Bar Milano la que convirtió a este defensor de la vieja escuela en uno de los barmans más perfectos de España. Y es que no solo tenía que diseñar la barra, sino también crear el equipo, la carta y la ambientación.
Pero, ¿qué pasa cuando tocas techo y has alcanzado la máxima perfección en tu oficio? ¿Dónde buscas retos cuando no queda ninguna losa por levantar? El error común que cometemos las personas es buscar el camino de la reinvención, en lugar de persistir y mantener el nivel de calidad como hace el itamae Jiro Ono, que busca la perfección de su sushi cada día a base de repetición. Sin embargo, Juanjo, después de un viaje a La Habana el año pasado donde fue invitado a ser parte del jurado de un campeonato de mixología, tuvo una epifanía: volver a la esencia de sus comienzos y tomar las riendas de un local más pequeño que le permitiera orquestar la sinfonía de elementos que hacen de un bar un lugar excepcional. “Mi experiencia en Milano fue como haber sido capitán de un gran barco con tripulación y pasajeros. Y esto es como navegar en barco de vela, de manera más libre y a mi modo.”
Algo que salta a la vista de este fan de la música de James Hunter es su aspecto tan saludable –raro, a veces, en profesionales del ocio– después de tantos años trabajando mientras los demás duermen. “Intento hacer una vida sana. Como decía Oriol Regàs, yo trabajo en la noche pero no vivo de la noche. No te puedes dejar llevar por el ambiente de la diversión. Tienes que ser el anfitrión y esta es mi casa. Tengo que procurar que el cliente esté a gusto y que guarde un recuerdo agradable de su estancia en mi local”. Así es Juanjo: humilde y modesto, preservador de costumbres antiguas que nunca pasan de moda. Como el sabor de un Old Fashioned.
Como buen amante de la tradición coctelera cubana de principios de siglo XX, Juanjo deleitó a Plateselector con su signature Mojito Rawal. Podeis verlo aquí.
Ademas, nos ha confeccionado una playlist de Spotify con canciones tipicas del Caribbean Club. Escuchala aqui.
Texto:JW
Foto: Cecilia Díaz Betz
