Lo sabemos, no hay madrileño que se precie que no pase por la puerta del Sol y se queje del calor, de la gente, del circo montado entre Chewbacca y Alien y que no intente evitar a toda costa pasar por allí. Ay, pero claro, en una esquina está ese pequeño local rosa que atrae hasta a el más gruñón. Muchos se resisten a sus encantos porque piensan que al ser un lugar de peregrinaje de turistas será imposible que lo que vendan sea bueno, pero los más ‘aventureros’ saben que aquí no hay nada que hagan mal. La Mallorquina es su nombre y que Dios te pille confesado si nunca te has dignado a poner pie en ese local.
1894 fue el año en que Luis Ripoll trasladó de la calle Jacometrezo a la Puerta del Sol el refugio de los bohemios y la tertulias de la época y el lugar donde las ensaimadas con chocolate eran el deleite de los madrileños. Fiambres y botellas, sobrasada, jamón dulce y huevo hilado… así se las gastaban en la época dorada de La Mallorquina. A día de hoy, fácilmente se podría posicionar a sus palmeras y napolitanas de chocolate como unas de las mejores de la ciudad, incluso como las mejores, pero mejor no entrar en debates que no llevan a ninguna parte y dejarlo con la cara de placer que se le queda a todos los que las prueban. ¿Cómo algo tan pequeño puede ser tan sabroso y dar tanta alegría con tan solo un simple bocado?
Como todo lo bueno, hay que esforzarse para pillar cacho. En horas punta (léase Navidades, San Isidro, Reyes, Semana Santa) te caerán unos buenos codazos de señoras que se rehusan a comerse su torrija del año o lo mismo te suelta una bordería el único camarero detrás de la barra. Pero lo vale (¡vamos, que si lo vale!). Hojaldres crujientes y livianos, nata, crema, chocolate, pulgas, mugís, conchas, pastas… y una barra donde recostar el codo, mojar lo que te apetezca en tu café con leche y sentir la esencia de lo que fue una vez esta ciudad.
Texto: Paula Móvil
Fotos: Diego Díez





